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MENTA(L)MENTE

Entre mente y menta hay tan solo una vocal.

Y los Yoga Sutras de Patañjali nos hablan de las dos como un solo elemento: la materia

Menta

En el jardín, la menta lo invade todo.

Le das un palmo de tierra y al mes tiene el bancal.

No pide permiso.

No negocia.

Crece porque es su naturaleza crecer, y punto.

La mente hace exactamente lo mismo.

Le das un momento de silencio —un semáforo en rojo, los primeros diez segundos en la esterilla— y en dos segundos ha organizado la lista de la compra, ha resuelto una discusión de hace tres años y ha planificado unas vacaciones que probablemente no van a ocurrir.

Coloniza.

Y aquí es donde casi todos cometemos el error que Patañjali lleva siglos señalando con paciencia: asumimos que eso somos nosotros.

Una vocal.

Eso es lo que separa mente de menta.

Y resulta que, según el Sāṃkhya y los Yoga Sūtras, las separa también muy poco en términos ontológicos.

Las dos son materia.

Solo que una huele mejor.


El jardín del Sāṃkhya: donde todo empieza

Patañjali no inventó la cosmología que usa.

La tomó prestada —con modificaciones propias— del Sāṃkhya, uno de los sistemas más rigurosos y menos romantizados de la filosofía india.

Y el Sāṃkhya tiene una propuesta que, bien entendida, descoloca:

La realidad entera se divide en dos principios.

Solo dos.

Puruṣa (पुरुष): conciencia pura.

No actúa.

No evoluciona.

No piensa, no siente, no recuerda.

Solo ve.

Es el testigo que no puede ser testificado.

La luz que ilumina sin ser tocada por nada de lo que ilumina.

Siempre presente.


Prakṛti (प्रकृति): la naturaleza primordial.

El principio material de todo lo que existe y puede llegar a existir.

Dinámica, cambiante.

Fértil.

Compuesta por los tres guṇas —tamas, rajas y sattva— un triángulo de tensión permanente.

Hasta aquí, parece un dualismo clásico.

Espíritu versus materia.

El yo contra el mundo.

Cómodo.

Conocido.


Entonces llega el golpe.


Del Sāṃkhya se derivan 25 tattvas (तत्त्व): las categorías de la existencia, los principios que van emergiendo del despliegue de Prakṛti.

Y cuando empiezas a enumerarlos, hay un momento extraño.

La buddhi (बुद्धि) —el intelecto, la facultad de discernimiento, lo más sutil y luminoso del aparato cognitivo—: Prakṛti.

El ahaṃkāra (अहंकार) —el sentido del yo, eso que dice "yo soy esto", "yo quiero aquello", "a mí no me hagas eso"—: Prakṛti.

El manas (मनस्) —la mente que organiza percepciones, que procesa, que conecta, que no para—: Prakṛti.

Materia.

Todo eso es materia.

Muy sutil, de acuerdo —impregnada de sattva, luminosa, inteligente hasta donde la materia puede serlo—. Pero materia al fin.

El único tattva que no pertenece a Prakṛti es Puruṣa.

Y Puruṣa no piensa.

No recuerda.

No tiene opiniones sobre nada.

Solo es conciencia.


La huerta de Patañjali: Los Yoga Sutras

Los Yoga Sutras -Yoga Sūtras —compuestos probablemente entre los siglos II a.C. y IV d.C., aunque la datación exacta sigue siendo motivo de debate entre indólogos con mucho tiempo libre— recogen esta arquitectura y la convierten en práctica.

El sūtra más citado.

El que lleva años en libretas, en paredes de shala, en los primeros cinco minutos de cualquier formación de profesores que se precie:

yogaś-citta-vṛtti-nirodhaḥ (YS I.2)

El yoga es la cesación de las fluctuaciones de citta.


La palabra que importa aquí es citta (चित्त).

En el sistema de Patañjali, citta engloba buddhi, ahaṃkāra y manas.

El aparato mental completo.

Y citta, como acaba de demostrar el Sāṃkhya, es Prakṛti.

Es materia.

Las vṛttis (वृत्ति) —las fluctuaciones que hay que cesar— no son fluctuaciones de la conciencia.

La conciencia no fluctúa: es inmutable por definición.

Son fluctuaciones de la materia mental.

Olas. Tsunamis.

Percibidas y categorizadas como mías.


Patañjali lo despliega sin adorno en los dos sūtras que siguen:

tadā draṣṭuḥ svarūpe'vasthānam (YS I.3)

Entonces, quien ve permanece en su propia naturaleza.

vṛtti-sārūpyam-itaratra (YS I.4)

De otra forma, se identifica con las fluctuaciones.

"De otra forma" es, siendo honestas, prácticamente toda nuestra vida consciente. Puruṣa, el observador, la luz primaria, en conjunción con citta.

La bombilla y la electricidad ya se llaman lampara.

Y empieza el sufrimiento.


La raíz

Hay un sūtra en el capítulo segundo que señala la raíz de este sufrimiento con una economía que desconcierta:

draṣṭṛ-dṛśyayoḥ saṃyogo heya-hetuḥ (YS II.17)

La unión del quien ve y lo visto es la causa que debe ser evitada.


Draṣṭṛ: Puruṣa. Quien ve.

Dṛśya: todo lo que puede ser percibido. Incluida la mente.

La confusión entre los dos —creer que somos lo que observamos en lugar de quien observa— heya-hetu: la causa-raíz del sufrimiento.

No un sufrimiento entre otros.

El origen.

Y para que no quede ninguna duda sobre de qué está hecha la mente, el sūtra IV.19 añade algo que tiene consecuencias enormes:

na tat-svābhāsaṃ dṛśyatvāt

La mente no se ilumina a sí misma, porque es objeto de percepción.


La mente no tiene luz propia.

Es un objeto.

Necesita ser iluminada por otra fuente — por Puruṣa, por la conciencia que la observa sin confundirse con ella.


La herramienta no puede ser simultáneamente la herramienta y su propio objeto.


Esto está ocurriendo ahora mismo mientras lees este blog en el teléfono.

Ironía cósmica.

Lo reconozco.


Entonces, ¿qué somos?


Draṣṭā dṛśimātraḥ śuddho ´pi pratyayānupaśya(YS II.20).

Quien ve es solo visión, puro; aunque parece percibir a través de las modificaciones del intelecto


Si tuviéramos tarifa plana para esta visión, no habría ningún sufrimiento.

Pero, como Puruṣa lleva tiempo pegado a la pantalla de citta como si fuera la película, no discernimos entre ellos.


La práctica —toda la práctica, no solo lo que ocurre en la esterilla— es el proceso de recordar eso.

De desidentificarse del contenido de la mente sin pretender eliminar la mente. Porque la mente sigue ahí: funciona, procesa, conecta, coloniza como la menta en el bancal.

Solo que ya no la confundimos con lo que somos.


Volviendo al jardín

La menta crece, se extiende, ocupa espacio, cambia con las estaciones.

Materia siendo materia: desplegándose según los guṇas, transformándose, sin descanso.

La mente hace lo mismo.

La diferencia entre las dos no es ontológica.

Es una vocal.

Lo que somos nosotros, apunta Patañjali sin levantar la voz, no es ninguna de las dos.

Es lo que las observa a ambas, sin mancharse.

Eso, por alguna razón, no se ve mucho en la pared de la shala y menos en la esterilla.


Si quieres profundizar en la materia —nunca mejor dicho—, en nomadsadhana.com hay cursos de Sāṃkhya y Yoga Sūtras para seguir tirando del hilo.



Referencias

Yoga Sūtras de Patañjali: sūtras I.2, I.3, I.4, II.17, II.20, IV.19. Edición comentada: Bryant, Edwin F., The Yoga Sūtras of Patañjali, North Point Press, 2009.

Sāṃkhyakārikā de Īśvarakṛṣṇa, kārikās 10-22.

Vyāsabhāṣya (comentario clásico sobre los YS, atribuido a Vyāsa, aprox. s. IV-V d.C.).

Larson, Gerald James, Classical Sāṃkhya: An Interpretation of Its History and Meaning, Motilal Banarsidass, 1969.

Hariharananda Aranya, Swami, Yoga Philosophy of Patañjali, trad. P.N. Mukerji, SUNY Press, 1983.

García Buendía, Emilio, El yoga como sistema filosófico . Los Yogasūtras. Escolar y mayo Editores, 2015.


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