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La voz de la mitocondria

Reflexiones incómodas sobre un yoga de regusto masculino y la verdad antigua escrita en la genética.

Mitocondria
Mitocondria

Hay una voz que llevo dentro y que no es mía del todo.

Llegó conmigo el día en que fui un óvulo dentro del cuerpo de mi madre, que a su vez fue un óvulo dentro del cuerpo de su madre.

Una matrioska biológica.

Es una voz que viaja por línea femenina, sin interrupción, que nace hace unos 1.500 millones de años, de una relación entre una célula eucariota glotona con mala digestión y una bacteria que en lugar de servir de cena, se quedó a vivir.

La primera okupación celular exitosa de la historia.

Una alianza antigua que se volvió imprescindible.

La biología la llama mitocondria.

Otras tradiciones le han puesto nombres más ceremoniosos.

A ella, francamente, le da igual cómo la llames: nunca le hizo falta un nombre para encenderse.


Lo que me ha explicado la ciencia (y mi amiga Sara)

Cada célula de tu cuerpo contiene cientos o miles de mitocondrias: orgánulos diminutos que producen ATP, la energía con la que respiramos, pensamos, parimos, danzamos y mandamos audios de ocho minutos.

Tienen su propio ADN, separado del ADN del núcleo: un genoma circular de unos 16.500 pares de bases, con 37 genes esenciales para la respiración celular. Pequeñito, pero suyo.

Una pyme.

Y este es el dato que me detiene: ese ADN mitocondrial se hereda de la madre.

El óvulo aporta cientos de miles de mitocondrias al embrión; las pocas que viajan en el espermatozoide se destruyen activamente tras la fecundación.

La célula las identifica y las desmonta.

Hay rarísimos casos de herencia paterna documentados —y, además, asociados a enfermedades—pero estadísticamente son la excepción que confirma la regla, así que el espermatozoide puede ir bajando los humos.


Desde aquella alianza bacteriana, hace 1.500 millones de años, la línea no se ha cortado.

Tu ADN mitocondrial es —con mutaciones acumuladas— el mismo de tu madre, y de la madre de tu madre, hasta llegar a la Eva mitocondrial: la mujer de la que descendemos por línea matrilineal todos los humanos vivos.

No fue la única ni la primera.

Fue, simplemente, la última cuya línea femenina nunca se cortó.

Si en alguna generación una de tus antepasadas hubiera tenido solo hijos varones: gracias por participar, fin del rastro mitocondrial.


El linaje que no se escribió en libros

Mucho antes de la imprenta, antes de los textos sagrados que hoy estudiamos, las mujeres se transmitían cosas.

Cómo parir y cómo acompañar a otra mujer pariendo.

Qué planta calma una hemorragia, cuál corta la leche, cuál abre el cuello del útero. Cómo confiar en una intuición sin tener que justificarla.

Cómo leer un sueño.

Cómo acompañar a una niña que entra en su primera sangre sin que se sienta condenada por la ira de Dios.


Esto ocurría —y sigue ocurriendo— en sociedades matrilineales que han sobrevivido a la globalización.


No quiero idealizar esas tradiciones ni convertirlas en una postal de armonía perdida.

Seguro que tenían sus jerarquías, sus silencios, sus dramas.

Pero compartían algo que se perdió en la mayor parte del mundo institucionalizado: que el conocimiento del cuerpo femenino vivía en cuerpos femeninos, y se pasaba de uno a otro por contacto, por palabra hablada, por presencia.

No por libro.

No por gurú.

No por certificación.

Esa transmisión no necesitaba ser explicada.

Funcionaba como funciona la mitocondria: por herencia directa, sin intermediarios, sin permiso.


Y aquí va un detalle que me cambió la lectura: incluso dentro de la tradición india, la diosa —Shakti, la energía femenina cósmica— no nació en los textos sagrados que hoy estudiamos.

Vino de antes.

La arqueología del valle del Indo (Harappa, Mohenjo-daro, 2500-1500 a.C.) está llena de figurillas femeninas, restos de un culto a la madre que precede en milenios a la llegada de los pueblos védicos.

Historiadores como A.L. Basham sostienen que Shakti es, literalmente, el resultado de una negociación: una cultura matriarcal pre-aria que la oleada patriarcal védica no consiguió desplazar del todo, y que terminó absorbiendo bajo otro nombre.


El culto no nació brahmánico: vino de los Khasi y los Garo, pueblos matrilineales del noreste de la India, que adoraban allí mucho antes de que llegara el sánscrito.

El templo se "sanscritizó" después.

Lo que hoy se vende como tradición hindú clásica de la diosa empezó siendo culto tribal matrilineal, absorbido por la institución masculina y rebautizado a posteriori.


Por eso, cuando uso la palabra Shakti, no me refiero a ningún texto ni tradición.

Me refiero a lo que las mujeres ya sabían antes de que nadie escribiera nada: que el cuerpo femenino crea, sangra, gesta, transmite.

Shakti es solo el nombre que se le puso después.

Como toda buena hija de mitocondrias, no necesita nombre para funcionar.


La parte incómoda

Aquí es donde quiero ser muy honesta, aunque incomode.


Los textos clásicos del yoga y de la tradición religiosa que lo sostiene —desde los Vedas y el Mahābhārata hasta los Yoga Sūtras de Patañjali, el Haṭha Yoga Pradīpikā, el Gheraṇḍa Saṃhitā y el Śiva Saṃhitā— fueron escritos por hombres, para hombres, en contextos monásticos masculinos.

O por lo menos es lo que nos ha llegado.


La menstruación se trata como impureza ritual o, con suerte, no se trata.

El embarazo no aparece.

El parto no aparece.

La menopausia no aparece.

Es decir: más de la mitad de los estados fisiológicos específicos del cuerpo femenino quedan fuera del manual de instrucciones.

Imagínate comprar una lavadora con un manual que ignora la mitad de los programas.

Pues el canon clásico, eso.


El yoga postural moderno —el de las shalas, vinyasa, ajustes, secuencias y leggings— no es antiguo, ya te lo he contado en otro post.

Fue codificado en el siglo XX, y los académicos lo han documentado bien (Elizabeth De Michelis en A History of Modern Yoga y Mark Singleton en Yoga Body).

Sus arquitectos fueron hombres.

Solo se nombra a una mujer destacada entre el círculo de brahmanes, originaria de Riga, actual Letonia.

Indra Devi.


A esto se añade lo que ya no se puede mirar para otro lado.

En el mundo del yoga moderno abundan casos documentados y públicos de agresiones, sentencias civiles, comisiones de investigación.

Los nombres están a un buscador de distancia.

No me interesa el escándalo individual sino el patrón.

Y el patrón es estructural: la autoridad sobre el cuerpo vulnerable se ritualizó como parte de la enseñanza.

No es una manzana podrida.

Son varios árboles.


Crítico esto no para tirar el yoga a la basura junto con los restos de incienso quemado.

Lo crítico porque me importa.

Y porque criticar desde fuera es facilísimo.

Lo difícil es seguir practicando sabiendo todo esto.

La pregunta que me hago en mi esterilla es: ¿qué de lo que practico viene de un linaje que me reconoce, y qué viene de un linaje que me somete?


La voz que no se interrumpió

La mitocondria no necesita un texto sagrado para funcionar.

No necesita un gurú que la certifique.

No tiene un lineage holder en Mysore.

No firma con "namaste".

Está ahí, heredada de tu madre, respirando en cada una de tus células desde antes de que tuvieras nombre,

opinión

o cuenta de Instagram.


Cuando me siento a respirar, estoy escuchando algo muy viejo: la combustión silenciosa de orgánulos heredados, la memoria celular de mujeres que parieron, sangraron, criaron y bailaron sin que nadie les dijera cómo alinear las caderas.

Las posturas pueden ayudar.

La respiración consciente puede ayudar.

Pero ninguna postura me da algo que no esté ya ahí.


Si alejamos el yoga de la estructura jerárquica que heredó, vuelve a ser lo que probablemente fue antes de los textos: una manera de habitar el cuerpo que no requiere intervención.

Ni validación.

Un cuerpo sabio, con una herencia muy concreta.

No simbólica: bioquímica.

Y, perdón por insistir, gratuita.


Si pudiera dibujar mi mitocondria, dibujaría una cuerda.

Una cuerda hecha de mujeres tomadas de la mano, sin un solo eslabón roto, desde aquella ancestra africana hasta mí.

Ninguna escribió un sūtra.

Ninguna fundó una escuela.

Ninguna firmó un linaje en sánscrito.

Solo respiraron, parieron, transmitieron lo que sabían a la siguiente, y siguieron.


Esa es, para mí, la voz de la mitocondria.

No habla en sánscrito ni en inglés.

No vende formación.

Habla en energía.

Y lleva miles de generaciones diciéndome lo mismo:

Estás viva porque ellas lo estuvieron.

No necesitas que nadie te lo confirme.


Referencias

Para quien quiera tirar del hilo y no conoce a mi amiga Sara:


Sobre la mitocondria y la herencia materna: Cann, Stoneking & Wilson, "Mitochondrial DNA and human evolution", Nature (1987). El artículo que estableció el concepto de Eva mitocondrial.

National Human Genome Research Institute, glosario de ADN mitocondrial: genome.gov

Sobre la teoría endosimbiótica: Lynn Margulis (entonces firmando como Lynn Sagan), "On the origin of mitosing cells", Journal of Theoretical Biology (1967). El paper que cambió cómo entendemos las mitocondrias.


Sobre Shakti, valle del Indo y Kamakhya: A. L. Basham, The Wonder That Was India (1954). Clásico sobre la negociación entre culto pre-ario de la diosa y la oleada védica.

Sobre la historia del yoga moderno: Mark Singleton, Yoga Body: The Origins of Modern Posture Practice (Oxford University Press, 2010). Imprescindible para entender que el yoga postural se codificó en el siglo XX.

 
 
 

1 comentario

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Tara
hace 7 días
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Wao!! maravilloso, gracias por compartir.

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