Vulnerable e invencible
- Anna Costanza
- 15 feb
- 4 Min. de lectura
El ciclo de los comienzos:
Ashtanga Yoga y la tradición del descanso
Martes 17 de Febrero día de luna nueva
Hora aproximada: 13:01 (hora peninsular española)
Día de eclipse solar anular en algunas zonas del hemisferio sur
La luna nueva representa el momento en que no vemos nada, pero algo empieza a gestarse. Es el inicio silencioso, el punto donde se planta una intención sin garantías. Ese es también el lugar donde nace el coraje: cuando decides exponerte sin saber qué pasará.

En la tradición del Ashtanga Yoga se respeta el descanso de la práctica durante los días de luna nueva y de luna llena. Estos momentos del mes, junto a otros señalados en el calendario lunar, ya eran considerados desde los tiempos védicos como días propicios para rituales específicos, introspección y observancia espiritual, así como jornadas de pausa para ciertas actividades cotidianas. Más que una norma rígida, este descanso se entiende como una forma de armonizar la práctica con los ritmos naturales, reconociendo que el cuerpo y la mente también atraviesan ciclos de expansión y recogimiento. En ese sentido, detenerse en estas fechas no es una interrupción del camino, sino parte de la propia práctica: un recordatorio de que el descanso, la observación y la quietud también forman parte del proceso de transformación.
Aunque solemos asociar la Luna con emociones, intuición o cambios internos, su influencia más clara y comprobada es física: su gravedad mueve las aguas de los océanos y da origen a las mareas que marcan el ritmo de las costas de todo el planeta. En los seres humanos, sin embargo, la ciencia no ha encontrado pruebas sólidas de que las fases lunares afecten de forma directa a nuestro comportamiento o estado emocional, más allá de algunos indicios leves relacionados con el sueño o los ritmos biológicos. También es cierto que la ciencia, por su propia naturaleza, tiende a medir solo lo que puede cuantificarse, y a veces deja fuera dimensiones más sutiles de la experiencia humana, como la percepción simbólica, los ritmos internos o el impacto psicológico de los ciclos naturales. La ausencia de pruebas no siempre equivale a la prueba de ausencia, y entre la certeza científica y la vivencia personal existe un territorio amplio donde muchas personas siguen encontrando sentido. Quizá por eso la Luna continúa siendo, además de un fenómeno astronómico, un símbolo poderoso de ciclos, transformación y renovación, un espejo poético de nuestros propios procesos internos.
Valentía de empezar en la oscuridad
La luna nueva interior
La luna nueva no se ve. No brilla, no destaca, no llama la atención. Es un silencio en el cielo, un vacío aparente.
Y, sin embargo, es ahí donde todo empieza.
Nos han enseñado a celebrar lo visible: los logros, la luz, los resultados, los finales felices. Pero casi nadie habla del momento anterior. Ese instante incómodo y frágil en el que decides empezar algo sin sentirte listo.
El momento en el que:
dices lo que sientes,
compartes una idea,
cambias de rumbo,
o te muestras tal como eres.
Ese instante no tiene aplausos. No tiene garantías. No tiene luz.
Es una luna nueva interior.
Ahí es donde aparece la vulnerabilidad: cuando das un paso sin saber si habrá suelo debajo. Cuando te expones sin armadura. Cuando eliges la honestidad en lugar de la perfección.
Y aunque se sienta como debilidad, en realidad es el punto exacto donde nace el coraje.
Nada invencible empieza siendo fuerte.
Todo lo que resiste, crece o florece… primero fue pequeño, incierto y casi invisible.
Como la luna nueva.
Tal vez hoy no necesites grandes decisiones ni cambios radicales.Tal vez solo necesites plantar una intención sencilla y honesta. Algo pequeño, pero verdadero.
Porque todo lo invencible empieza en un momento de oscuridad donde alguien decide intentarlo.
La perfección de lo imperfecto
Quizá no sepamos con certeza hasta qué punto la Luna influye en nuestro cuerpo o en nuestras emociones, pero sí sentimos que los ritmos existen, dentro y fuera de nosotros. La tradición, la observación y la experiencia personal han reconocido durante siglos esos ciclos de expansión y recogimiento, de acción y descanso. Tal vez no se trate de obedecer ciegamente a la Luna, sino de usarla como una invitación: un recordatorio visible de que podemos ser a la vez vulnerables e invencibles, aprendiendo a escuchar nuestros propios ritmos, honrando nuestras pausas y permitiéndonos crecer desde la quietud.
Según el Sāṃkhya y la enseñanza de Patañjali, toda la naturaleza y nuestra mente están constituidas por tres guṇas: sattva (claridad, armonía y equilibrio), rajas (actividad, pasión y movimiento) y tamas (inercia, oscuridad y resistencia). Estas cualidades coexisten en todo momento, interactuando de formas que pueden generar fricción o conflicto, pero que también apuntan siempre hacia un equilibrio natural (samyá).
Es precisamente esta tensión entre los opuestos lo que impulsa nuestro crecimiento: rajas nos mueve a actuar y crear, tamas nos invita a descansar y reflexionar, y sattva nos ayuda a integrar ambas energías, permitiendo que el ciclo de expansión y recogimiento sea armonioso y consciente.
Reconocer nuestras emociones, nuestras vulnerabilidades y fortalezas, es sintonizar con estos ritmos internos y con la tendencia natural hacia el equilibrio que los guṇas describen.
Ser vulnerables no nos debilita; ser invencibles no implica ausencia de fricción.
Al honrar la interacción de estas fuerzas dentro de nosotros, aprendemos a cultivar nuestro propio ritmo, a respetar los ciclos de acción y pausa, y a florecer incluso en medio de la tensión que caracteriza la vida misma.







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