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Del lobo feroz al chihuahua con manta

Cómo el yoga pasó de dominar la muerte a gestionar el estrés del domingo por la tarde

Una historia de evolución espiritual, o de cómo llegamos hasta aquí



Siva

Había una vez un asceta sentado desnudo en la cima del Himalaya. Sin colchoneta. Sin música ambiental. Sin botella de agua reutilizable. Solo él, el viento helado, una serpiente enroscada al cuello y varios milenios de meditación por delante.

Ese asceta era Śiva — el Ādiyogi, el primer yogui de la mitología hindú — y lo que practicaba no tenía demasiado que ver con lo que hoy llamamos yoga.


Bienvenidos a la historia más larga, más extraña y más interesante de la espiritualidad humana.


El yoga más antiguo no era una práctica de bienestar. Era una tecnología de transformación radical. Una forma de quemar el ego, disolver los límites del yo y fundirse con algo mucho más grande. Los textos más antiguos del hinduismo — los Vedas y las Upaniṣads, ya describen prácticas de meditación, control del aliento y renuncia al mundo material.

Los grandes Ṛṣis, los sabios visionarios de la antigüedad india, no buscaban la flexibilidad de cadera ni el equilibrio hormonal.

Buscaban la liberación.

Mokṣa.

Salir del ciclo de nacimiento y muerte.

Y para ello practicaban tapas — austeridades extremas — que incluían ayunos prolongados, exposición al frío y al calor, y periodos de meditación que hoy cualquier médico calificaría de peligrosos.

El cuerpo no era un templo que mimar.

Era un instrumento afinado hasta el límite para percibir lo imperceptible.


El giro filosófico: actuar sin apego

Hace aproximadamente dos mil quinientos años ocurre algo fascinante.

En el campo de batalla de Kurukṣetra, según la Bhagavad Gītā, el guerrero Arjuna sufre lo que hoy llamaríamos una crisis existencial de manual: está a punto de luchar contra su propia familia y se desmorona.

Entonces Kṛṣṇa, su auriga, le explica algo que cambia la historia del yoga para siempre: no hace falta retirarse al bosque para ser un yogui.

La liberación puede encontrarse en la acción misma, siempre que esa acción esté libre de apego al resultado.

Es un giro radical.

El yoga deja de ser solo renuncia y se convierte también en presencia plena en el mundo.

El guerrero puede ser tan yogui como el asceta.

El padre de familia, también.

Esto es el Karma Yoga, y es una de las ideas más revolucionarias de la historia del pensamiento humano.


Los Nāthas y los Sādhus: el cuerpo como laboratorio alquímico

Siglos después, surge una de las corrientes más fascinantes y menos conocidas del yoga: la tradición Nātha.

Estos yoguis — de los que Gorakṣanātha es el más célebre — desarrollaron el Haṭha Yoga, entendido como una ciencia del cuerpo físico.

No para ponerse en forma, sino para despertar energías dormidas, purificar canales sutiles y preparar el sistema nervioso para estados mentales extraordinarios.

Se les atribuían poderes sobrenaturales: la capacidad de curar enfermedades, detener el envejecimiento, incluso de vencer a la muerte.

Sus herederos espirituales, los Sādhus, siguen existiendo hoy.

Los encontrarás en las orillas del Ganges o en los ghats de Vārāṇasī, cubiertos de ceniza, con el cabello enmarañado, fumando chillum como parte de su práctica devocional.

Son los últimos representantes visibles de una forma de yoga que Occidente apenas ha rozado.

Son incómodos.

Radicales.

Apartados de la sociedad.

Muchos de los más respetados son los que viven completamente solos en el bosque o en cuevas del Himālaya, sin título, sin seguidores ni institución.

Paradójicamente, cuanto menos buscan el reconocimiento, más autoridad espiritual se les atribuye.

Antítesis del Instagram.


La lámpara que nadie apagó

Si los Nāthas forjaron el Haṭha Yoga en el fuego de la práctica, fue un yogui del siglo XV llamado Svātmārāma quien lo puso por escrito de forma sistemática por primera vez.

La Haṭhayogapradīpikā — La Luz sobre el Haṭha Yoga — es el texto de referencia por excelencia del Haṭha Yoga premoderno.

Escrita por Svātmārāma en la primera mitad del siglo XV, es un profundo tratado sobre las técnicas psicofísicas del yoga.

Su título ya lo dice todo: pradīpikā significa lámpara, luz que ilumina.

Una antorcha encendida en la oscuridad.

El texto está dividido en cuatro capítulos. El primero describe āsanas (las posturas físicas) como primera etapa dentro del Haṭha Yoga.

15 posturas. Only.

Hay un detalle muy revelador aquí: de estas 15 posturas, la gran mayoría son posturas sentadas de meditación. Solo unas pocas implican movimiento o trabajo físico intenso.

Podemos afirmar que no era una práctica atlética.

Los āsanas eran ante todo una preparación para sentarse a meditar con el cuerpo estable y sin dolor.

En este capítulo encontramos también indicaciones sobre una dieta moderada - mitāhāra- que no se aplica exclusivamente a la comida.

Ahora la buena noticia: verso 57. Primer capítulo.

Svātmārāma escribe, sin despeinarse, que después de un año de práctica uno se convierte en Siddha — un ser de poderes extraordinarios, liberado del ciclo de nacimiento y muerte.

Garantizado.

Punto.

Sin master universitario, sin ningún viaje a Mysore.

Ningún influencer de bienestar con doscientas mil seguidoras ha prometido jamás algo tan concreto en tan poco tiempo.

Quinientos años antes del marketing moderno, un yogui medieval ya sabía perfectamente cómo cerrar una venta.


El segundo capítulo se ocupa de la gestión del prāṇa, aliento vital, a través de prácticas- tecnología punta que no es aconsejable probar solos en casa sin la supervisión de un adulto.

El tercero explica mudrās., los gestos secretos de los grandes yoguis y yoguinīs para obtener superpoderes hasta dar envidia al director artístico de Marvel.

El cuarto y último capítulo aborda el samādhi — la disolución completa del yo en la conciencia universal. Aquello para lo que, según el texto, los tres capítulos anteriores eran simplemente el calentamiento.

Svātmārāma lo describe con una sencillez desconcertante, como quien da instrucciones para montar un mueble de IKEA.

Solo que al terminar, ya no queda nadie para admirar el resultado.

Lo que hace especialmente fascinante a este texto es su honestidad estructural: Svātmārāma agrupó bajo el término genérico "haṭha yoga" todo lo que encontró en textos anteriores de distintos sistemas de yoga, creando una síntesis que bebía de múltiples tradiciones. No es un texto de revelación divina sino una compilación inteligente — algo que los académicos modernos valoran enormemente porque permite rastrear sus fuentes.


Pero quizás lo más revelador de la Haṭhayogapradīpikā es lo que enseña sobre el cuerpo. Svātmārāma introduce su sistema como una etapa preparatoria de purificación física para la meditación o Rāja Yoga.

Es decir: las posturas, el prāṇāyāma, los mudrās — todo ese arsenal físico que hoy llamamos yoga — no eran el destino.

Eran el vehículo.

La preparación del instrumento antes de la música.


En muy pocas ediciones publicadas se incluye un quinto capítulo, considerado más un apéndice del cuarto que parte original del texto — y de un contenido enormemente útil: los problemas producidos por una práctica equivocada del yoga y los remedios para su alivio.

Puede ser que Svātmārāma, en su infinita sabiduría, haya dedicado las últimas páginas de su obra maestra a lo que hoy sería la sección de preguntas frecuentes. O, en términos modernos: el capítulo que nadie lee hasta que ya es demasiado tarde.


El cruce del océano

Septiembre de 1893. Chicago. El Parlamento Mundial de las Religiones reúne por primera vez en la historia a representantes de todas las tradiciones espirituales del planeta. Entre los asistentes, un joven monje indio de treinta años, con turbante naranja y una elocuencia devastadora, sube al estrado y se dirige a la audiencia con dos palabras: "Sisters and brothers of America."

La sala estalla en aplausos durante dos minutos.

Svāmī Vivekānanda no había traído posturas.

No había traído colchonetas.

Había traído filosofía pura — el Advaita Vedānta, la no-dualidad, la idea de que la conciencia individual y la universal son, en el fondo, una sola y misma cosa.

Occidente, que miraba a la India con una mezcla de fascinación colonial y condescendencia, recibió un golpe intelectual del que tardó décadas en recuperarse.

El yoga que Vivekānanda presentó al mundo no era el de los āsanas sino el del conocimiento, la devoción y la acción — Jñāna Yoga, Bhakti Yoga, Karma Yoga.

El cuerpo físico, por el momento, quedaba en segundo plano.

Lo que cruzó el Atlántico ese año fue ante todo una revolución filosófica.

Pero la semilla estaba plantada.

Y Occidente, con su prodigiosa capacidad para transformar cualquier cosa en algo práctico, inmediatamente empezó a preguntarse: ¿y esto... se puede hacer con el cuerpo?

La respuesta llegaría muy pronto.


Yogendra: el hombre que democratizó el yoga

Pocos años después, en 1918, un joven de veintiún años llamado Manibhai Haribhai Desai — conocido en el mundo del yoga como Yogendra — funda en un bungalow de la playa de Versova, en Bombay, el centro de yoga organizado más antiguo del mundo: The Yoga Institute.

Su propuesta era radical, aunque en sentido opuesto al de los ascetas del Himālaya. El yoga no debía ser patrimonio exclusivo de monjes y Sādhus.

Era para el padre de familia.

Para la mujer.

Para el enfermo.

Para cualquiera. (De clase media, eso sí — pero algo es algo).

Pero tenemos que ser honestos: el yoga que Yogendra enseñaba no era exactamente el yoga de los Ṛṣis del Himālaya.

Yogendra fusionó los āsanas tradicionales con los sistemas indígenas de cultura física india y las más modernas técnicas europeas de gimnasia y naturopatía.

La gimnasia escandinava, el movimiento armónico europeo y la cultura física occidental habían llegado a la India colonial con fuerza, y Yogendra los integró conscientemente en su sistema.

No lo hizo por descuido ni por ignorancia.

Lo hizo con un propósito claro: su objetivo era el desarrollo del yoga como terapia curativa basada en el ejercicio rítmico, definida en relación con la medicina, el fitness y la psicología moderna.

Quería resultados verificables.

Evidencia.

Legitimidad científica en un mundo que miraba al yoga con desconfianza.

En 1919 viajó a Estados Unidos y fundó una rama del instituto en Nueva York, colaborando con médicos y científicos.

De vuelta en India, simplificó muchas de los āsanas correlacionándolos con ritmos respiratorios específicos y una metodología rigurosa.

El resultado fue histórico: la práctica postural fue revivida en los años veinte por maestros como Yogendra y Kuvalayananda, que enfatizaron sus beneficios para la salud, transformando para siempre la imagen del yoga en el mundo.

Yogendra murió en 1989 a los noventa y un años.

Es conocido como el Padre del Renacimiento Moderno del Yoga.

Y sin embargo, pocos practicantes occidentales conocen su nombre — ni saben que los āsanas que practican cada día llevan en sus genes tanto de Haṭha Yoga medieval como de gimnasia danesa del siglo XIX.


El hombre que conquistó el mundo sin salir de India

T. Kṛṣṇamācārya nació el 18 de noviembre de 1888 en una pequeña aldea de Karnataka, en el sur de la India.

Estudió sánscrito, āyurveda, lógica, música y los seis sistemas filosóficos del hinduismo.

Practicaba yoga desde los cinco años, iniciado por su padre.

Bajo el patrocinio del Mahārāja de Mysore, Kṛṣṇamācārya recorrió la India entera dando conferencias y demostraciones para promover el yoga.


Yo me pregunto: ¿sería considerado hoy un gran influencer?


En su yogaśālā del Palacio de Mysore formó a los que serían los arquitectos del yoga global: Indra Devi — la primera mujer occidental en estudiar con él —, K. Pattabhi Jois, B.K.S. Iyengar, T.K.V. Desikachar, Srivatsa Ramaswami y A.G. Mohan.

Cada uno tomó las enseñanzas de su maestro y construyó con ellas un sistema propio, distinto, a veces casi irreconocible respecto a los demás. Iyengar creó un yoga de alineación milimétrica con uso de props. Pattabhi Jois desarrolló el Ashtanga Vinyasa, dinámico y exigente. Desikachar, su propio hijo, desarrolló el Viniyoga, profundamente terapéutico e individualizado.

Kṛṣṇamācārya instruyó a todos sus discípulos para que enseñaran yoga en Occidente.

Él mismo nunca cruzó un océano.

Y sin embargo es difícil encontrar hoy un estilo de yoga que no lleve su huella.


Murió en 1989, a los cien años. El yoga se democratiza a escala global. Y eso, en muchos sentidos, es bello.


Acto final: el mercado

Aquí es donde la historia se vuelve compleja, y también un poco cómica.

El yoga llegó a Occidente y Occidente hizo con él lo que hace con todo: lo convirtió en producto.

En marca.

En estilo de vida.

Hoy existe el yoga para embarazadas, el yoga para ejecutivos, el yoga para perros (esto es real), el yoga en tabla de surf, el yoga con cabras, el yoga a cuarenta grados, el yoga nude y el yoga de la risa.

Existen colchonetas de corcho de edición limitada, mallas de doscientos euros que nos vuelven locas y retiros de lujo con jacuzzi y menú detox en los que el momento más espiritual suele ser el smoothie del desayuno.

El prāṇāyāma se practica en aplicaciones de móvil con notificaciones push.

El Yoga Sūtra de Patañjali se resume en frases para fondos de pantalla o en tatuajes, a menudo con erratas.

Y en muchas clases, el nombre de Śiva no aparece ni una sola vez.

¿Es esto un fracaso? ¿Una traición?"


La pregunta que vale la pena hacerse

Aquí viene la parte filosófica de verdad.

El yoga siempre ha cambiado.

Siempre ha sido un río vivo que se adapta a la orilla por la que fluye.

Nunca existió una forma pura e inmutable del yoga.

Lo que llamamos "yoga tradicional" también fue, en su momento, una innovación, una adaptación, una respuesta a las necesidades de su tiempo.

Lo que sí es cierto es que algo se pierde cuando una práctica se vacía de su contenido más profundo.

Y ese contenido, en el caso del yoga, es radical: la pregunta "quién soy", el cuestionamiento de la identidad, la posibilidad de una libertad que no depende de ninguna circunstancia exterior.

Esas preguntas no venden tan bien como la flexibilidad de espalda.

Pero son las preguntas que hacen que el yoga siga siendo, en su esencia, algo completamente subversivo.


El fuego que sigue ardiendo

Y sin embargo.

En medio de cualquier clase — incluso en la más comercial, incluso con playlist de Spotify y velas aromáticas — puede ocurrir algo.

Un momento de silencio real.

Una respiración que llega más profundo de lo habitual.

Una postura que hace aparecer algo que no sabías que llevabas dentro.

Y en ese instante, aunque nadie lo nombre, algo que es eterno se activa.

Quizás el yoga moderno se ha domesticado enormemente.

Quizás hemos perdido el filo de una práctica que originalmente pretendía nada menos que disolver el ego.

Pero la semilla sigue ahí, en cada respiración consciente, en cada momento de presencia real, esperando que alguien la riegue con un poco más de profundidad.

Śiva sigue meditando en el Himālaya.

No le afectan demasiado las tendencias.

Y de vez en cuando, en el silencio que aparece detrás de todo este ruido, algo en nosotros lo recuerda.

Seas lobo o chihuahua.



Bibliografía

Bhagavad Gītā

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Yoga Sūtra de Patañjali

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Haṭha Yoga Pradīpikā

  • Haṭha Yoga Pradīpikā of Svātmārāma. The Adyar Library and Research Centre.

    Adyar, Chennai, India. First Edition, Second Reprint 2012.

  • Souto, Alicia. (2009). Los orígenes del Hatha Yoga: Haṭha Pradīpikā, Gheranda Saṃhitā y Gorakṣa Śataka. Ediciones Librería Argentina, Madrid.


Historia y orígenes del yoga

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  • White, D. G. (1996). The Alchemical Body: Siddha Traditions in Medieval India. University of Chicago Press, Chicago.

  • Mallinson, J. y Singleton, M. (2017). Roots of Yoga. Penguin Classics, Londres.

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  • Alter, J. S. (2004). Yoga in Modern India. Princeton University Press.

  • Vivekananda, S. (1896). Raja Yoga. Ramakrishna-Vivekananda Center, Nueva York.


Referencias online utilizadas:

Wikipedia:

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