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Dulces y sombras: después de las torrijas, la esterilla.

Actualizado: 9 abr

Patañjali lleva dos mil años esperando el martes después de Semana Santa.

Hoy le damos su momento.


Dulce lectura.


Dulces y sombras

El problema no son las torrijas

Seamos honestos.

El problema no son las torrijas.

Ni el la colomba pascual o la pastiera napoletana si eres de mi tierra.

Ni la segunda copa que se convirtió en tercera.

Ni los días en los que el único movimiento consciente fue pasar de la tumbona a la mesa y de vuelta a la tumbona.

Es lo que viene después.

Esa mañana en la que abres los ojos, sientes el cuerpo como si alguien te hubiera rellenado por dentro con arena húmeda, y piensas: debería ir a la shala...

Y entonces no vas.


Lo que pasa en el estudio

Los profesores de yoga con estudio propio conocen ese momento con una precisión milimétrica.

Hay un silencio particular en las shalas después de las vacaciones de Semana Santa.

No es el silencio habitual, ese espacio cargado de gente que llega, enrolla la esterilla y suspira aliviada porque por fin puede dejar de fingir que todo va bien.

Es otro silencio.

El silencio de las ausencias.

Las esterillas que no se despliegan.

Los nombres en el registro que no aparecen.

Los mensajes que llegan — siempre a partir del martes — diciendo esta semana no puedo, la semana que viene seguro.

La semana que viene.

Esa semana que, estadísticamente, tiene una probabilidad bastante elevada de parecerse sospechosamente a esta.


El ciclo de la interrupción

No es un fenómeno nuevo.

Hace aproximadamente dos mil años, un sabio llamado Patañjali se tomó la molestia de catalogar, con su típica austeridad, todo lo que se interpone entre una persona y su práctica.

No escribió un hilo de Instagram.

Escribió los Yoga Sūtras.

Y en el sūtra 1.29 ya advierte, casi de pasada, que la práctica sostenida no solo revela quién eres, sino que elimina los obstáculos que te impiden serlo.

La pregunta natural es: ¿qué obstáculos?

Patañjali responde en el sūtra siguiente, el 1.30, con una lista que cualquier alumno de yoga reconocerá de inmediato.

No porque la haya estudiado.

Sino porque la ha vivido.

Los antarāyas — literalmente, los que se interponen en el camino — son en definitiva citta vikṣepāḥ - dispersiones de la mente.

En los YS se recogen nueve:

Vyādhi. Enfermedad. El cuerpo que no responde. O sea: "Hoy estoy malit@, no voy."

Styāna. Torpeza mental. Esa sensación de cabeza llena de algodón que hace que la idea de ir a clase parezca, inexplicablemente, más complicada que reorganizar el armario. "Hoy no pudo con mi alma, de verdad.."

Saṃśaya. La duda. "¿Para qué voy si llevo dos semanas sin ir? ¿Servirá de algo? ¿No será demasiado tarde?"

Pramāda. La negligencia. Saber perfectamente que deberías ir y elegir, con plena consciencia, no hacerlo. "Con esta lluvia, no voy".

Ālasya. La pereza. No la pereza ordinaria de quedarse diez minutos más en la cama. Sino esa forma más sofisticada e inteligente de pereza que se disfraza de cansancio real, de agenda imposible, de ahora mismo no es el momento. La que te encuentra de pie, con las zapatillas puestas, listo para salir, y te convence de que en realidad lo que necesitas es quedarte, sentarte un momento, revisar el teléfono, y ya mañana.

Avirati. El exceso de apego a los placeres sensoriales. O dicho de otra manera: las torrijas. El sofá. La serie. Todo aquello que, técnicamente, también es una experiencia encarnada, pero que Patañjali miraba con considerable menos entusiasmo que nosotr@s.

Bhrāntidarśana. La percepción distorsionada. Aquí te dejo disfrutar de tu variedad infinita e intima de percepción alterada. Casi una alucinación compartida, diría yo. Prefiero no meterme...

Alabdhabhūmikatva. No conseguir asentarse en la práctica. Empezar y parar. Empezar y parar. El eterno retorno de quien lleva cinco años practicando.

Anavasthitatva. Y el último, quizás el más traicionero: no poder mantenerse en lo conseguido. Llegar, avanzar, y luego perderlo. Como si el progreso fuera un pez que se te escapa de la mano.

Nueve obstáculos.

Escritos hace dos milenios.

Tan vigentes como el martes después de Semana Santa.

Patañjali no tenía estudio de yoga. No gestionaba una agenda de reservas ni enviaba recordatorios por WhatsApp. Pero conocía a los seres humanos con una precisión que desarma. Y sabía, con toda claridad, que el camino hacia la práctica no se interrumpe por falta de método.

Se interrumpe por todo lo demás.


Lo que siente quien vuelve

Existe una sensación muy específica que acompaña al regreso.

No es la de haber fallado — aunque algo de eso hay, seamos sinceros.

Es algo más cercano a la incomodidad.

Entrar al estudio después de dos semanas fuera y encontrarte con un cuerpo que ya no recuerda exactamente cómo se hace esto. Que llega a una postura que antes alcanzaba sin demasiado esfuerzo y descubre, con cierta sorpresa, que algo se ha tensado, acortado, olvidado.

El cuerpo tiene memoria.

Pero también tiene amnesia selectiva.

Y sientes algo de distancia entre quien creías que eras en tu práctica y quien descubres que eres ese primer martes de vuelta, cuando el cuerpo se siente distinto y la mente no se calla de la misma manera.

Esa distancia tiene un nombre técnico en sánscrito — viparyaya, conocimiento erróneo — pero en el día a día se llama simplemente: llevar demasiado tiempo sin ir.


Lo que siente quien espera

Desde el otro lado de la sala, el/la profesor@ lo ve todo.

Ve la rigidez del primer saludo al sol. El gesto de quien se sorprende a sí mismo — ¿tanto? — al descubrir que dos semanas sin práctica han bastado para que algo se cierre.

Y hay una tentación muy real, en ese momento, de decir algo.

No pasa nada, en dos clases lo recuperas.

El cuerpo tiene memoria.

Lo importante es que has vuelto.

Todas verdades, por cierto.

Pero hay algo más importante que decir cualquiera de esas cosas, y es: no decir nada.

Sostener el espacio.

Dejar que el cuerpo recuerde por sí solo, sin prisa y sin audiencia.

Eso es, en el fondo, lo que importa.


La esterilla no juzga

Aquí está el secreto que los estudios de yoga raramente cuentan en sus redes sociales.

El regreso siempre es incómodo.

No importa cuántas veces hayas vuelto antes.

No importa cuántos años lleves practicando.

El cuerpo que llega después de un parón no es el mismo que se fue, y pretender que lo es — fingir una continuidad que no existe — es la forma más segura de lesionarte, de frustrarte, o de no volver nunca más.

La esterilla no juzga.

Pero tampoco miente.

Lo que hay cuando llegas es exactamente lo que hay: ni más ni menos.

Sin los kilogramos de torrijas encima.

Sin la culpa del paréntesis.

Sin la historia de todo lo que deberías haber hecho y no hiciste.

Solo el cuerpo de hoy.

Que a veces es torpe, que a veces está cansado, que a veces llega con arena húmeda por dentro.

Y que, invariablemente, sale un poco mejor de como entró.


Una nota sobre las torrijas

La tradición de las torrijas en Semana Santa es, técnicamente, una práctica de mitāhāra.

No exactamente en el sentido en que lo entendía Svātmārāma — ese concepto de alimentación moderada y consciente que aparece en el primer capítulo del Haṭhayogapradīpikā — pero sí en el sentido más amplio del término.

Mitāhāra no es solo qué comes.

Es la relación que tienes con lo que comes.

Y hay algo profundamente yogui en sentarse a la mesa con la familia, comer algo que huele a infancia y a aceite caliente, y estar completamente ahí, sin contar calorías ni calcular macros ni fotografiarlo para subirlo a Instagram con el hashtag #eatingclean.

El problema no son las torrijas.

El problema es creer que necesitas castigarte por ellas.

La esterilla no es el antídoto del festín.

Es simplemente el siguiente paso.

El lunes, las torrijas.

El martes, la esterilla.

El miércoles, ya no queda rastro de ninguna de las dos.

Solo el cuerpo, que sigue adelante como siempre: sin grandes discursos y con más sabiduría de la que le reconocemos.


Una historia que se repite

Patañjali escribió los nueve obstáculos.

Svātmārāma sistematizó las posturas.

Dos mil años de tradición ininterrumpida para que cada mes de abril, sin falta, el mismo ser humano abra los ojos un martes por la mañana, sienta el cuerpo como arena húmeda, piense hoy no y se quede en la cama.

No es solo Semana Santa, claro.

Es el puente de mayo.

Es el verano.

Son las navidades.

Es el puente de octubre, que nadie recuerda exactamente qué celebra pero que igualmente interrumpe la práctica con una eficiencia admirable.

El calendario, en manos de un practicante intermitente, es un arsenal inagotable de antarāyas.

Pero quiero recordarte que la práctica no es la racha perfecta.

Es la capacidad de volver — torpe, oxidado, con tres pestiños encima — y desplegar la esterilla de todas formas.

Eso, curiosamente, tiene un nombre en sánscrito.

Se llama abhyāsa.

Práctica constante.

No práctica perfecta.

Patañjali lo sabía.

Porque la mente humana lleva dos mil años siendo exactamente la misma: brillante, sofisticada, y con una habilidad extraordinaria para encontrar mejores cosas que hacer el lunes por la mañana.

Por eso nos dejó los Sūtras.

Hilos.

Eso significa la palabra sūtra: hilo.

Hilos finos, precisos, para coser las interrupciones entre sí.

Y que eso, visto desde lejos, parezca una práctica constante, sin interrupciones, hecha con devoción.


sa tu dīrgha-kāla-nairantarya-satkāra-āsevitaḥ dṛḍha-bhūmiḥ (YS 1.14)

Cuando la práctica se cultiva durante largo tiempo, sin interrupción y con devoción, se vuelve firme.


Feliz práctica.


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