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I can get no satisfaction..

Actualizado: 22 mar

O cómo llevamos desde los comienzos de la humanidad queriendo lo que no tenemos y lo que nos vienen diciendo los sabios de la India (y no solamente ellos..)


En 1965, Mick Jagger abrió la boca y le dijo al mundo lo que los Yoga Sūtras llevaban dos mil años intentando explicar con mucha más paciencia: I can't get no satisfaction. Tres acordes, un riff de guitarra que entra en el cerebro como una cuña, y un diagnóstico de la condición humana que ni Patañjali habría formulado mejor. La diferencia es que Patañjali propuso una salida. Los Rolling Stones, de momento, siguen de gira.

rock´n roll


Piensa en la última vez que conseguiste algo que llevabas meses queriendo. Un trabajo nuevo, un viaje planificado con mimo quirúrgico, esa chaqueta que te probaste tres veces antes de comprarla, ese āsana que finalmente te salió...

Recuerda el momento exacto en que lo tuviste.

El breve destello de satisfacción.

Ese sentir interno y profundo de que sí, finalmente has conseguido lo que querías.

Por fin.

Lo tengo.

¿ Y cuanto tardó en surgir la vieja y conocida sensación de carencia?

En seguida.

Cuando viste el goloso puesto de trabajo de tu jefa, cuando en Instagram las vacaciones de l@s influencers parecen siempre más bonitas que las tuyas, cuando el color de la chaqueta ya pasó de moda o cuando viste que después de la primera serie está también la segunda...

Con la puntualidad de un tren suizo, allí está, infalible.

Esperándote en el andén de tu vida: rāga.

El deseo.

Vivo.


Te presento a Rāga y sus compis...

Rāga —en la filosofía del yoga y el Vedānta— no es simplemente "desear cosas".

Es el mecanismo por el cual la mente se adhiere a aquello que le ha producido placer, o a aquello que cree que se lo producirá, construyendo una cadena invisible entre el bienestar y un objeto externo.

La mente dice: cuando tenga X, estaré bien. 

Y cuando llega X, actualiza en silencio la ecuación: cuando tenga Y, estaré bien. 

El horizonte siempre retrocede un paso.

Patañjali lo entendió con una claridad que resulta casi irritante para ser tan antigua. En los Yoga Sūtras, rāga aparece como el tercero de los cinco kleśas, los venenos o aflicciones que nublan la mente y perpetúan el sufrimiento.

Los cinco son: avidyā (la ignorancia fundamental de nuestra verdadera naturaleza), asmitā (la identificación con el yo), rāga (el apego al placer), dveṣa (la aversión al dolor) y abhiniveśa (el miedo a la muerte o a la pérdida).

Patañjali los describe como las raíces de todo karma, y añade algo revelador: incluso los kleśas que están dormidos, en estado latente, siguen actuando. No hace falta que el deseo sea consciente para que te mueva.

Y si con rāga no bastara, la tradición hindú también nos regaló kāma: el deseo en su versión más primordial y menos apologética, el impulso hacia el placer que precede incluso a la razón.

Kāma es tan fundamental en el pensamiento védico que figura como una de las cuatro metas legítimas de la vida humana —los puruṣārthas— junto al deber (dharma), la prosperidad (artha) y la liberación (mokṣa).

No es el villano de la historia.

Es la fuerza que, sin brújula, acaba incendiando la casa.


La Bhagavad Gītā lo describe con una precisión que haría las delicias de cualquier neurocientífico moderno.

Kṛṣṇa le explica a Arjuna cómo opera la cadena:

"Del apego nace el deseo; del deseo nace la ira; de la ira, la ilusión; de la ilusión, la perdida de la memoria; de la perdida de la memoria, la destrucción del discernimiento; y con la destrucción del discernimiento, uno(a) perece." Bhagavad Gītā, 2.62-63

El mecanismo es brutalmente lúcido: el deseo no satisfecho genera frustración; la frustración genera distorsión perceptiva; la distorsión borra el discernimiento (buddhi); sin discernimiento, el ser humano actúa desde el impulso más ciego.

No es una condena moral.

Es una descripción de ingeniería.

Kṛṣṇa está diciéndole a Arjuna —y de paso a tod@s nosotr@s— que el problema no empieza en la acción equivocada sino mucho antes, en el momento en que la mente se engancha a un objeto y decide que sin él no puede estar entera.


Rāga, kāma o tṛṣṇa se pueden entender como sed, anhelo, el querer incesante. No lo tenemos que confundir con el deseo como motor vital —respirar también es un deseo y nadie te lo reprocha— sino ese deseo pegajoso que convierte el presente en sala de espera del futuro.

Lo gracioso —y por gracioso entiendo existencialmente aterrador— es que esa sed no distingue entre querer lo bueno y querer evitar lo malo. Funciona en ambas direcciones.

Quieres el ascenso.

Quieres que no te duela la rodilla.

Quieres que esa persona te escriba.

Quieres que esa otra persona deje de escribirte.

Todo es lo mismo: la mente agarrada a algo que no es este momento.

El mecanismo es impecable en su crueldad: cuando conseguimos lo que queríamos, el placer dura aproximadamente lo que tarda en aparecer el siguiente objeto de deseo en el horizonte.

La insatisfacción no es un error del sistema.

Es el sistema.


Aquí es donde Patañjali saca uno de sus conceptos más radicales de la manga: aparigraha, la no-codicia, el no-acaparamiento. Es uno de los yamas, las restricciones éticas que forman el primer peldaño del camino del yoga.

Y merece un momento de silencio, porque lo que propone es bastante subversivo:

No solo soltar lo que tienes.

Sino no aferrarte a lo que aún no has conseguido.

Aparigraha no es ascetismo de postal ni renuncia dramática.

Es algo más parecido a la lucidez de reconocer que acumular —cosas, logros, validaciones, futuros imaginados— no resuelve nada.

Que hay una diferencia entre usar y poseer.

Entre disfrutar y necesitar.

Entre querer algo y construir tu identidad sobre la base de tenerlo.

En términos modernos: es la diferencia entre comprar ese libro porque te interesa y comprarlo para convertirte en la persona que tiene ese libro en la estantería.


Vairāgya: la palabra más elegante para "ya me resbala con estilo"

Y entonces llegamos a vairāgya. Desapego. Desapasionamiento. Ecuanimidad. Traducirlo es casi insultarlo.

Vairāgya no es indiferencia. No es anestesia emocional ni el arte de no querer nada. Es más sutil: es la capacidad de participar plenamente en la vida sin que el resultado de esa participación te defina ni te destruya.

Querer, pero no necesitar.

Intentar, pero no aferrarse al éxito.

Disfrutar, pero no depender.

La Bhagavad Gītā lo expresa en uno de sus versos más citados y menos comprendidos:

"Tienes derecho a actuar, pero nunca a los frutos de tus acciones." — Bhagavad Gītā, 2.47

Lo cual, seamos sinceros, suena a trampa cuando lo lees por primera vez. ¿Esforzarse sin esperar resultados? ¿Qué clase de productividad es esa?

Pero la idea no es sabotear la motivación.

Es liberarla.

Cuando el bienestar no depende del resultado, la acción se vuelve más limpia, más presente, menos contaminada por el miedo al fracaso o la ansiedad del control.

Vairāgya es, en cierto sentido, el antídoto estructural de rāga.

No lo suprime.

Lo transforma.


La insatisfacción permeable

Todo esto nos deja con una pregunta incómoda: ¿es posible desear sin sufrir? ¿O la insatisfacción es, como parece sugerir toda esta tradición, el precio de entrada a la experiencia humana?

La respuesta honesta, la que aparece entre líneas en los textos y en la práctica, es que la insatisfacción no desaparece.

Se vuelve permeable.

Deja de ser una pared y se convierte en tela: la atraviesas, la sientes, pero no te atrapa.

El deseo sigue ahí —eres humano, no un árbol— pero ya no tiene la misma capacidad de convencerte de que el presente es deficiente.

Porque el problema nunca fue querer.

Fue creer que lo que querías era la condición para estar bien.

Patañjali, Buda, Kṛṣṇa y todos los demás no propusieron un mundo sin deseo. Propusieron una relación diferente con él.

Más ligera.

Más honesta.

Menos dispuesta a sacrificar el ahora en el altar de un después que, cuando llegue, traerá su propios deseos haciendo fila.

La buena noticia es que no hace falta iluminarse.

Basta con llegar al punto en que escuchas I can't get no satisfaction y en lugar de asentir desesperado, te pones a bailar.

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