De las bragas de abuela al tanga: observaciones filosóficas sobre un yoga en lycra y un bizcocho vegano de almendras.
- Anna Costanza
- 22 feb
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 23 feb
Amo el yoga que incomoda y desmantela el ego.
Y también la lycra, su diplomacia estética y su épica elástica.
Si te parece que exagero, tranquilízate: la ironía también es una práctica espiritual.
Para entender cómo todo esto —del silencio de la shala a la exhibición en lycra— termina inevitablemente en un bollo vegano de almendras, acompáñame hasta el final: la receta es la recompensa después de la práctica.
Feliz lectura, feliz práctica… y feliz degustación.

Hubo un tiempo en que el yoga no estaba diseñado para gustar.
Ni para estilizar.
Ni para ser compartido.
No buscaba cuerpos definidos, sino egos desdibujados.
No prometía “‘core’”, sino fricción interior.
No aspiraba a likes, sino a silencio.
Era, por decirlo sin solemnidad, una práctica con cintura alta: incómoda, poco estética y profundamente funcional.
No estaba pensada para exhibirse, sino para sostener. Como esas prendas que nadie enseñaba con orgullo, pero que cumplían su cometido con una dignidad discreta.
Luego aparecieron los espejos.
Y después las cámaras.
Y finalmente el algoritmo.
Y algo cambió.
No fue solo la ropa. Fue la dirección de la mirada.
El yoga dejó de ser un gesto hacia dentro para convertirse, poco a poco, en una composición hacia fuera.
Donde antes había recogimiento, ahora hay proyección.
Donde antes había “‘tapasya’”, ahora hay tendencia.
Entre ambos mundos —el de la braga de abuela y el del tanga— no hay solo una diferencia de tela.
Hay una mutación cultural.
Una transformación en lo que entendemos por cuerpo, por práctica y, quizá, por espiritualidad.
"Dónde está la receta del bollo de almendras?"
Despacio, ahora lo verás aquí debajo.
Solamente te quería compartir una cosita más...
Puedes venir a practicar en pijama como en Lululemon: aquí siempre habrá un pastel esperándote después de la práctica.
No es solo comida; es el recordatorio comestible de que todo lo que dejamos atrás —el ascetismo silencioso, la braga de abuela, la fricción interior— puede transformarse en disfrute visible.
Sea que prefieras bragazas o tanga, lo importante es el espacio que todo lo sostiene: cuerpos, egos y apetitos, risas, preguntas, práctica y desapego.
Aquí celebramos la dualidad, la contradicción y la lycra, al mismo tiempo que recitamos Upanishads y mordemos pastel.
OM TAT SAT
(con tanga o con bragas de abuela, que sea…)
Feliz lectura, feliz práctica… y feliz degustación.
Bizcocho vegano de almendras
Ingredientes
200 gramos de harina de almendras
50 gramos de harina de avena
100 gramos de azúcar de coco, panela o azúcar moreno
1 cucharada de semillas de chia o lino molidas + 3 cucharadas de agua tibia (sustituto del huevo)
1 cucharadita de Royal Baking Powder
1/2 cucharadita de bicarbonato
1 pizca de sal
80 ml de aceite vegetal (yo puse de coco)
150 ml de bebida vegetal
1 cucharadita de extracto de vainilla
1 cucharada de zumo de limón o de vinagre de manzana
Ralladura de naranja o limón
Nueces y almendras laminadas para decorar
Preparación
Precalienta el horno a 180 °C y engrasa con un pincel un molde para hornear (20 cm aprox.)
Mezcla la chia o lino con el agua y deja reposar 10 minutos hasta que espese.
En un ol grande, mezcla los ingredientes secos: harina de almenddras, harina de avena, azúcar, aking powder, bicarbonato y sal.
En otro bol, combina el "huevo" de chia, aceite, bebida vegetal, vainilla y limón (o vinagre).
Incorpora los ingredientes húmedo a los secos y mezcla suavemente hasta integrar.
Vierte en el molde, decora con las nueces y hornea 30-40 minutos, hasta que al pinchar con un palillo, salga limpio.
En una sartén tuesta las almendras laminadas y colócalas encima del bizcocho ligeramente untado con jarabe de arce o miel (para que las almendras laminadas se peguen y no se caigan al cortar)
Deja enfriar 15 minutos antes de desmoldar.








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