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Después del flechazo, empieza el yoga. Abhyāsa-vairāgya y el arte de quedarse en la práctica de Ashtanga

Actualizado: hace 1 día

El entusiasmo inicial es solo el comienzo. Una reflexión sobre el enamoramiento, el abandono y la constancia en el Ashtanga yoga. El mejor consejo para quedarse en la práctica.


Por Anna Costanza


Enamoramiento vs amor en la práctica
Enamoramiento vs amor hacía la práctica

En ese escrito te voy a proponer una reflexión sobre el proceso de enamoramiento de la práctica y los ingredientes necesarios para invertir en una relación duradera.

¿Acabas de empezar con la práctica de Ashtanga o eres un practicante veterano? No importa. Las tendencias de la mente se manifiestan cuando se dan las condiciones.

Tanto como si estás pasando por un gran romance con el yoga como si sientes que estás perdiendo interés en la práctica o alguna vez ya te han pasado ambas cosas, te invito a leer este artículo y a contarme tu experiencia.


El día mil del saludo al sol

Hay una emoción muy particular que todos conocemos y que buscamos repetir incansablemente: ese primer flechazo con lo nuevo.

En el mundo del yoga tampoco somos inmunes a eso.

Llegas a la sala, ves a los practicantes moverse con una mezcla de fuerza y ligereza, escuchas el sonido de la respiración, percibes esa concentración impecable, sientes el calor del espacio… te emocionas. Algo dentro de ti dice: yo quiero eso.


Los primeros días —a veces meses— están llenos de entusiasmo. Aprendes los saludos al sol, Sūrya Namaskāra A y B, memorizas el orden de las posturas, descubres músculos, sensaciones y fuerzas que no sabías que existían. Sales de la práctica con la sensación de haber encontrado algo especial, algo que podría acompañarte mucho tiempo. Es el momento del enamoramiento.


Pero el Ashtanga, como toda práctica honesta, no tarda en mostrar su verdadera naturaleza.


Llega el día en que el cuerpo está pesado. Llega el cansancio de los madrugones. El invierno con su viento y lluvia. La oscuridad de las mañanas heladas. El momento en que te percibes demasiado mayor para eso, demasiado joven, demasiado débil o demasiado fuerte —la dualidad parece infinita—.

La repetición constante de la misma secuencia empieza a parecer monótona. Aquellos practicantes que veías como ángeles caídos del cielo ahora se han vuelto, a tus ojos, unos fanáticos recubiertos de sudor y envueltos en mallas brillantes. Y entonces, silenciosamente, aparece la tentación del abandono.


Es aquí donde el yoga deja de ser una experiencia romántica y se convierte en un camino.

En los Yoga Sūtra de Patañjali, el sabio Patañjali habla de dos pilares fundamentales de la práctica: abhyāsa y vairāgya.


Abhyāsa es el compromiso sostenido para estabilizar la mente. No es practicar solo cuando las cosas van bien. Es volver a la esterilla una y otra vez, incluso cuando no hay entusiasmo, cuando hay cansancio, cuando llueve, cuando lo único que existe es la repetición. Cuando no hay razones más allá de sentirse presente. Es hacer lo que toca hacer. Punto.


Vairāgya es aún más sutil: es soltar la expectativa de resultados. Practicar sin obsesionarse, sin medir el valor de la sesión por cómo salió. Es el desinterés hacia el fruto de las acciones. Es hacer lo que toca hacer sin expectativas, sin dramatismo, sin negociación constante con el resultado.


El enamoramiento inicial suele estar lleno de expectativas: el cuerpo más flexible, la mente más tranquila, la vida más ordenada, aquella felicidad prometida .

Pero el Ashtanga, con su secuencia fija y su repetición diaria, va puliendo poco a poco ese entusiasmo superficial hasta convertirlo en algo más estable.

Al principio, te enamoras de la práctica. Después, la práctica empieza a transformarte.Y finalmente, cuando el entusiasmo ya no es el motor principal, descubres algo más profundo: una relación tranquila y duradera con el proceso.


En otro de los sūtras se dice que la práctica se vuelve firme cuando se realiza durante mucho tiempo, sin interrupciones y con devoción (dīrgha-kāla-nairantarya-satkāra-āsevito dṛḍha-bhūmiḥ). No menciona el entusiasmo. No habla de la motivación. No promete emociones intensas. Habla de continuidad.


Y esa es la gran lección del Ashtanga.


No se trata de encontrar la práctica perfecta, sino de quedarse cuando la práctica deja de ser perfecta. De aparecer en la esterilla un día normal, con un cuerpo normal y una mente normal. De repetir el saludo al sol número mil sin esperar nada extraordinario.


Curiosamente, es en ese territorio sin fuegos artificiales donde empieza a aparecer algo más valioso que el entusiasmo: la estabilidad, la claridad, la paciencia. Una forma de amor menos espectacular, pero mucho más real.


Porque el verdadero romance del yoga no está en el primer mes de práctica.

Está en el año tres.

En el año cinco.

En el día cualquiera en el que desenrollas la esterilla sin pensar demasiado… y simplemente practicas.




 
 
 

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