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¡Todo está bien, tengo pocos alumnos!

11 sept
4 min de lectura

Menos es āsana: por qué tener pocos alumnos no es un problema, sino una postura.

Yoga shala

Ya sé lo que estás pensando nada más leer el título de este artículo:

«Vale, bien, muy romántica la idea, ¿pero cómo llego a final de mes?».

Desafortunadamente, esta pregunta ha estado tronando en la cabeza de todos nosotros, infelices autónomos (y no solo) profesores de yoga.

Pagar los impuestos.

Pagar a los profesores/ayudantes.

Pagar los gastos fijos.

Pagar el seguro.

Pagar. Pagar. Pagar.

Parece que nuestra misión tiene este final.

Pero hay más.

Clases de prueba gratuitas.

Pago de medio mes.

Alumnos intermitentes.

Vacaciones.

En los meses buenos queda una mísera suma que llamamos beneficio, sobre la cual caen más impuestos.

Entonces, cada cual se ha inventado su manera de aumentar los ingresos:

cursos de iniciación

cursos de formación

clases online

seguimiento a distancia

y un largo etcétera.

Hemos aprendido a ser malabaristas, no solamente contorsionistas.

¿Y sabes a qué nos ha llevado esto?

A la gran saturación del yoga.

Salas de yoga que se vuelven gimnasios para poder funcionar.

Profesores dispuestos a ofrecer cualquier tipo de práctica para "que eso funcione". Clases que apuntan a maximizar las ganancias de la escuela, minimizar los gastos y maximizar el número de alumnos.

El karma no es un lema de Instagram: es aritmética de causa y efecto.

Y no hace descuentos.

Y esto lo estamos pagando caro.

Tan caro que hemos llegado a pensar que una śālā "es buena" solo cuando hay mucha afluencia.

Y aquí es donde te planteo lo contrario.

Una yoga-śālā es un lugar donde se practica el yoga.

No es una escuela (si no, se llamaría yoga-vidyāśālā) ni un gimnasio para entrenar (vyāyāma-śālā).

El problema es que ya hemos perdido el conocimiento de lo que es el yoga y, en consecuencia, de lo que se supone que es una yoga-śālā.

Nos hemos acostumbrado a ver clases de yoga con centenares de personas, y muchos hemos empezado a creer que eso es lo correcto.

Lo que hay que alcanzar.

Como si fuera una de las etapas del samādhi.


Nada más lejos de su origen, cuando el yoga se enseñaba de maestro a discípulo (paramparā).

Uno a uno.

¿Entonces cómo sobrevivía el maestro?

Gurukula:

el alumno se iba a vivir con el maestro y le servía a cambio de la enseñanza.

¿Te imaginas esto hoy en día?

En dos días ya tendríamos una inspección de Hacienda.

En aquellos tiempos los maestros vivían de las ofrendas o dakṣiṇā.

Y también hacían una cosa que nosotros hemos olvidado: reducían sus necesidades.

¿Te suena aparigraha?

Es un término que encontramos en los fundamentos del aṣṭāṅga yoga de Patañjali, como quinto de los yamas, el código ético profesional más antiguo que existe:

no acumular.

Y para no acumular hay que hacer solo una cosa:

dejar de desear lo innecesario.

Nosotr@s, profesor@s de yoga modern@s, queremos ser un híbrido entre impresari@s de éxito y div@s de Hollywood.

Publicamos contenido púdico (como este) o más picante para captar nuevos alumnos, nos amparamos bajo el ala de un linaje (posiblemente el más trendy) y no lo cuestionamos por miedo a ser excomulgados de la comunidad.

No voy a describir todos los trucos que hemos creado para poder sobrevivir en el mercado del yoga, pero te aseguro que son muchos.

Y quien lleva un tiempito en este mundo lo sabe bien.

Tantos que, en el camino de ser el más hábil y auténtico, se nos ha olvidado que el yoga era simplemente un estado, no un estatus.

Un estado mental de calma.

Una ausencia de pensamientos, ideas, narrativas mentales.

Citta-vṛtti-nirodhaḥ.

Tan sencillo, tan obvio que ha dejado de ser visto.

La lycra del yoga ha podido con nosotros.

Nos ha proporcionado fashion y ceguera al mismo tiempo.

Entonces volvamos a lo esencial.

Volvamos al silencio.

A la enseñanza auténtica del yoga.

Volvamos a buscar espacios donde se cultiva la honestidad, el trato humano verdadero, el yoga transmitido uno a uno.

No sé dónde estarán esas śālās auténticas, pero te doy un tip:

si tu profesor se sabe tu nombre, vas por buen camino.

Suerte con eso...


Y para aquella persona que además de ser alumn@ también juega el rol de profesor@, te cuento que, para ella, la gran bendición de tener pocos alumnos es esta: poderse mantener fuera de ese juego comercial.

Bendición de poder parar, de sentir cada respiración, de llegar a conectar con cada ser humano que entra en la śālā.

Bendición de llegar a sentir la ecuanimidad, lo innecesario de crecer a nivel exponencial, de gustar, de demostrar — y ahí, justo ahí, siente la entrega, la confianza.

Y eso lo podemos definir como Īśvarapraṇidhāna, fundamento del yoga: entrega a lo que Es, a lo divino en cada momento.

Sin números.

Sin Instagram.

Y en esta madurez brilla aparigraha, el yama de no aferrarse a lo material (y tampoco a la aprobación ajena), y santoṣa, el niyama de la satisfacción con lo que se tiene.

Y esto es todo lo que cuenta.

Ni más ni menos.

Yoga.

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